miércoles, 18 de noviembre de 2015

Lo que soy


Dicen los que vivieron más que yo que los años atemperan, que finalmente la sangre se calma y llega la sabiduría, esa que te frena la lengua y corrige los vicios del impulso.
No lo sé, es más, no lo creo. Casi cuarenta años después sigo siendo el mismo hombre, que diría Carlos Goñi. Me siguen moviendo los mismos deseos, reacciono igual en las mismas situaciones, sigo siendo el mismo tipo fieramente humano de siempre.

Sólo sé vivir a pecho descubierto, digo lo que siento y siento lo que pienso, lo que me hace esclavo de mis palabras y de esa permanente emocionalidad, que apenas se apaga cuando duermo y se callan todos los sonidos.

La madurez era otra cosa, me digo a mismo. Intento visualizarme como un tipo más mesurado, racional y equilibrado -para qué negarlo- pero no deja de ser una farsa.

Seguiré siendo carne hasta al final, algunos fuegos sólo se apagan con el último latido.

lunes, 1 de junio de 2015

Como aroma sin olor



Treinta y nueve primaveras después sigo preguntándome quién carajo eres, y cómo sigues tras todo este tiempo acomodado dentro de mí, agazapado esperando tu momento, o a lo mejor no y simplemente me habitas y consumes porque tu naturaleza, como la mía, es ver pasar el tiempo.

Lo extraño de ser tú es que a veces no reparo en tu presencia, ensimismado en los rigores diarios del trabajo, las niñas o la casa, pero hay otros momentos en que me llamas desde lo más profundo del espejo, sin hablar ni gritar ni esforzarte; a veces simplemente me miro y te miro y me sorprendo, de cómo los días te ajaron el rostro (y el alma), y por encima de todo de la gran pregunta en torno a ti, quién eres.

Una vez, esta extrañeza acabó convirtiéndose en canción. Eran los años en los que todo estaba por hacerse, yo sólo quería afeitar mi barba (que es la tuya), pero al mirarte reflejado apareció esa extrañeza, la de que el cristal me devolviera un rostro ajeno, apenas intuido, y corrí a mi cuarto a sacar la guitarra y cantarle mis dudas al mundo

Hoy he visto, al mirar en el espejo, unos ojos descubiertos y una boca sin reír,
no conozco ese perfil. Siendo extraño de mis propios pensamientos,
me pregunto si ese cuerpo, ese extraño que está ahí, vive refugiado en mí.

Quince años de dudas después, la vida me regaló una compañera y dos hijas maravillosas, mi guía y mi razón, el motivo por el que me levanto cada mañana. Pero algo no cambió, todavía te sigo encontrando en el espejo, compañero infatigable de experiencias, y ya sé que no me abandonarás nunca

Hoy no alcanzo los indicios de un reflejo, los susurros de un lamento que argumenten dónde estoy,
lo que soy, lo que no soy; Sólo aprecio la rutina de mis huecos, los acordes que se fueron,
la guitarra que calló  y aquel libro de Galdós.
Solo soy lo que miro en el espejo, las nostalgias de un te quiero, como aroma sin olor
soy fragmento sin fracción; luz sin sol, como el verso al sufrimiento, soy la máscara y su dueño,
como risa sin dolor, como aroma con olor.

hasta que la muerte nos separe.

miércoles, 1 de abril de 2015

De mi abuelo y las tardes eternas


A menudo vuelvo mentalmente a aquellas tardes en casa de mis abuelos, yo en el suelo jugando con mis Playmobil y él sentado en su sillón, -siempre el mismo sillón- devorando una novela de Vázquez Figueroa o Pearl S. Buck mientras la tarde avanzaba tranquila y el reloj del salón se empeñaba en recordarnos que el tiempo pasaba.

Recuerdo estar centrado en mis juegos y escucharle reír repentinamente, perdido vete tú a saber en qué aventura o desventura. ¿Qué carajo tenían aquellos libros que tanto hacían disfrutar a mi abuelo? Arranqué a leer por imitarle -a él y a mi madre, otra lectora voraz- para descubrir bien pronto que la fascinación de mi abuelo Jacinto era más que justificada; podía viajar sin salir de casa, vivir otras vidas desde la misma y limitada piel que aún me envuelve, visitar tiempos pasados o futuros sin viajar en el tiempo.

Años después -superados los Playmobil- de tanto leer acabé escribiendo. Lo primero que nació fue una historia imposible de héroes y dragones, que terminó ganando un premio de cuyo nombre no quiero acordarme. De lo que sí me acuerdo es de la entrega de premios en la Casa Museo Pérez Galdós, y la felicidad del viejo al ver que su nieto le dedicaba a él aquella distinción. Cómo no, si todo lo que me transmitió lo hizo con pasión, da igual que habláramos de libros, pesca o viajes, que estuviéramos en casa o dando aquellos largos paseos por el Muelle, siempre fue el abrazo fiel e incondicional. Y así permanece.

Más tarde vinieron los años de la carrera, la Filología y la música, y tantas aventuras y desventuras en las que el viejo siempre estuvo ahí.

Ahora que hace años que no está, sigue conmigo; lo veo en los ojos de mi hija Irene, que heredó el azul de su bisabuelo, lo veo en mi madre y mis tíos, y aún lo reconozco en mí en las raras tardes en que agarro un libro y disfruto entre sus páginas, como él, y quizás suelto alguna risotada que evoca aquellas tardes eternas que ya nunca volverán.











jueves, 26 de febrero de 2015

De Revoluciones y otras comodidades


Las Revoluciones ya no son lo que fueron.
Antes el hombre golpeaba primero y luego escribía sobre ello, ahora aposentamos nuestro honorable culo en el sofá dispuestos a salvar el mundo, cerveza en mano y con la tele encendida, tuiteando sobre el cambio y la degradación. Qué fácil es denunciar y pedir un nuevo orden social desde tu cuenta de Twitter, sabiendo que a la mañana siguiente vas a repetir los mismos actos anodinos de cada día, que lo que moverá tus pasos sobre el alambre será la supervivencia y no la transformación, pero ahí sigues, lavando tu conciencia con aires de revolución, ideológica y quijotesca.

El que escribe estas líneas se retrata como el tipo de arriba, que nadie se sienta ofendido. Es más fácil vomitar estas afrentas desde la segunda persona del singular que desde la soledad de la primera, aunque al final aquí me tienen (primera persona) admitiendo que mi corazón rojo y mi roja ideología no pasarán nunca del sentimiento y la convicción, porque no soy un valiente ni un revolucionario, sino alguien que tiene una manera de mirar al mundo. Sólo eso.

Los poetas sociales creyeron que podían cambiar el mundo, y dedicaron maravillosos versos repletos de compromiso

Creo en el hombre.
He visto espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos
(españas a caballo 
del dolor y del hambre). Y he creído.

Creía Blas de Otero, como creyeron tantos que quisieron ver luz más allá de las sombras, como lo quiero hacer yo cuando le doy la vuelta al orden de las cosas desde mis teorías y ensoñaciones, como quisieron tantos desde que esta carne, esta maldita y viciada carne nos condena a soñar con un cambio que no verán nuestros ojos. Y que seguiremos soñando.


viernes, 20 de febrero de 2015

Las dos Copas del Rey


Tenía 14 años y una capacidad de impresionarme adolescente. En aquel tiempo todo era más grande y luminoso, y el mundo un territorio inexplorado, lleno de posibilidades.
Por todo esto, el fin de semana que me enamoré del baloncesto lo hice también de una chica rubia de la que no recuerdo más que su existencia. Se celebraba en la ciudad la Copa del Rey de Baloncesto, en un CID repleto de gente y expectativas. En aquel entonces el Granca era un equipo modesto, sin tanto impacto mediático ni políticos robaplanos, por lo que tener aquellos equipazos en la ciudad era una oportunidad única. 

Pero volvamos al pibe adolescente, que en aquellas 72 horas de baloncesto vivía un cocktail de emociones difícilmente olvidables. En mi cabeza aún resuena los cánticos de la grada, las canastas imposibles de Mark Davis y la sonrisa de aquella chiquilla de la que no recuerdo ni su nombre.
De aquellos días no retengo más que sombras, el recuerdo borroso del que fui cuando todo estaba por hacer, y sin embargo permanecen en mi recuerdo con una intensidad asombrosa.

Este fin de semana se celebra en la misma ciudad el mismo torneo, con equipos distintos  y en distinto escenario. Las mismas cosas con el paso del tiempo nunca son iguales.
Yo mismo, que en esta ocasión seguiré el torneo desde casa, ya enfilo los cuarenta con preocupante cercanía. De aquel chiquillo impresionable apenas quedan restos (un pijama de IronMan y otras cuantas cosas que no confesaré)  pero me resulta imposible no vivir la Copa en este momento de mi vida con la nostalgia de aquella otra que ya no volverá.
Así que la disfrutaré desde el sofá y entre los juegos enredados de mis hijas, asociando estas canastas de Rudy o Tavares con aquellas otras que resuenan en mi cabeza, y este fastuoso Gran Canaria Arena con aquel humilde CID en el que aquel niño se hizo un poco más hombre.



viernes, 30 de enero de 2015

Historias de taxi


El taxi para en un semáforo, es noche cerrada y no hay nadie por las calles, lo habitual en Santa Cruz. Miro por el cristal y sólo veo oscuridad. Estoy lejos de casa y de los míos, lo único que quiero es dormir un poco y acabar este día agitado.

Me centro en twitter y sus guerras permanentes, hasta que la taxista se vuelve hacia mí y me anestesia con su pregunta, absolutamente inesperada:

"¿ Perdone que le pregunte, ha perdido a alguien recientemente?"

La pregunta, extraña y oscura como la noche, me saca al momento de Twitter y me instala en el desconcierto. Tardo en responder, intentando entender qué tipo de conversación intenta entablar la mujer de ojos tristes.

"Pues afortunadamente no, por qué lo dice?"

Al hablarle todo me parece aún más extraño -la noche callada y sin luna de afuera, la charla asombrosa y dudosa de adentro- pero sigo adelante queriendo saber qué suerte de rareza es esta.

"No se extrañe, es que la noche está negra, y cuando se puso rojo el semáforo y paré de repente cruzó un hombre, no lo vio? No había nadie, y me asustó verlo cruzar de repente, un hombre de pelo blanco".

Cada vez entiendo menos qué carajo tiene que ver un hombre que cruza con la pregunta de la pérdida, así que le cuento que no vi nada, estaba mirando al teléfono "y ya sabe usted lo que distraen estos bichos".

Entonces la mujer me habla -retomada la marcha en esa noche imposible- y todo adquiere sentido

"Perdí a mi marido hace tres meses, sabe?  Todavía siento como si estuviera, me pasan cosas como esta. Hay días que me parece verlo en todos lados, como antes. Qué raro es dejar de tener al que tuviste siempre al lado, de repente".

Los dos callamos un momento, yo entendiendo que ella sólo quería contar su dolor  y ella queriendo explicar su soledad, la del que sabe que no volverá a estar con el que fue su compañero.

El trayecto terminó, bajé del taxi y le deseé lo mejor -una soledad lo menos dolorosa posible y la confianza en que el tiempo calme lo que ahora es desconcierto- y bajé la calle pensando en esta broma cósmica de la vida, en cómo atravieso los días aferrado a cosas y personas que pasarán, como yo, en este latido que sigue a otro y me regala un instante más en la tierra, y en como algún día simplemente no estaré, y nada pasará ni cambiará, el sol seguirá alumbrando y la luna ocultando, la primavera vendrá tras el invierno y el rumor incesante de los días llegará hasta el final, hasta el último de los días que estos ojos míos no verán.

Sin más.









jueves, 8 de enero de 2015

Carla e Irene



Carla se levanta del suelo, mira sus manos y sonríe como si el prodigio de encontrarlas fuera algo excepcional. A continuación me mira y avanza hacia mí con ese andar tan lindo, afianzándose a cada paso y brillando más a cada cual, dibujando la sonrisa más bonita que vi nunca.
Cuando llega a donde estoy el mundo se ha vuelto una cosa muy chiquitita, no entran ruidos por la ventana, no molesta la tele ni hay otra cosa que ella y su abrazo.
Qué grande es el mundo, y qué maravillosamente pequeña y efímera la felicidad.

Irene juega sola con sus muñecas, hasta que una música la invita a levantarse y bailar con todo su entusiasmo, y esos dos mares preciosos que tiene por ojos brillan más que el verano.
Ella no se prodiga tanto en el afecto con su padre, pero precisamente por eso cada vez que lo hace estalla un pequeño bing bang dentro de mí.

Las esperé mucho tiempo, las convertí en canción antes que en carne, soñé con ellas en infinitas noches de esperanza y desvelo. Ahora están aquí, contradiciendo aquello de que los sueños siempre brillan más en la imaginación que en la realidad, y yo soy inmensamente feliz de tenerlas a mi lado.