jueves, 8 de enero de 2015
Carla e Irene
Carla se levanta del suelo, mira sus manos y sonríe como si el prodigio de encontrarlas fuera algo excepcional. A continuación me mira y avanza hacia mí con ese andar tan lindo, afianzándose a cada paso y brillando más a cada cual, dibujando la sonrisa más bonita que vi nunca.
Cuando llega a donde estoy el mundo se ha vuelto una cosa muy chiquitita, no entran ruidos por la ventana, no molesta la tele ni hay otra cosa que ella y su abrazo.
Qué grande es el mundo, y qué maravillosamente pequeña y efímera la felicidad.
Irene juega sola con sus muñecas, hasta que una música la invita a levantarse y bailar con todo su entusiasmo, y esos dos mares preciosos que tiene por ojos brillan más que el verano.
Ella no se prodiga tanto en el afecto con su padre, pero precisamente por eso cada vez que lo hace estalla un pequeño bing bang dentro de mí.
Las esperé mucho tiempo, las convertí en canción antes que en carne, soñé con ellas en infinitas noches de esperanza y desvelo. Ahora están aquí, contradiciendo aquello de que los sueños siempre brillan más en la imaginación que en la realidad, y yo soy inmensamente feliz de tenerlas a mi lado.
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