jueves, 26 de febrero de 2015
De Revoluciones y otras comodidades
Las Revoluciones ya no son lo que fueron.
Antes el hombre golpeaba primero y luego escribía sobre ello, ahora aposentamos nuestro honorable culo en el sofá dispuestos a salvar el mundo, cerveza en mano y con la tele encendida, tuiteando sobre el cambio y la degradación. Qué fácil es denunciar y pedir un nuevo orden social desde tu cuenta de Twitter, sabiendo que a la mañana siguiente vas a repetir los mismos actos anodinos de cada día, que lo que moverá tus pasos sobre el alambre será la supervivencia y no la transformación, pero ahí sigues, lavando tu conciencia con aires de revolución, ideológica y quijotesca.
El que escribe estas líneas se retrata como el tipo de arriba, que nadie se sienta ofendido. Es más fácil vomitar estas afrentas desde la segunda persona del singular que desde la soledad de la primera, aunque al final aquí me tienen (primera persona) admitiendo que mi corazón rojo y mi roja ideología no pasarán nunca del sentimiento y la convicción, porque no soy un valiente ni un revolucionario, sino alguien que tiene una manera de mirar al mundo. Sólo eso.
Los poetas sociales creyeron que podían cambiar el mundo, y dedicaron maravillosos versos repletos de compromiso
Creo en el hombre.
He visto espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos
(españas a caballo
del dolor y del hambre). Y he creído.
Creía Blas de Otero, como creyeron tantos que quisieron ver luz más allá de las sombras, como lo quiero hacer yo cuando le doy la vuelta al orden de las cosas desde mis teorías y ensoñaciones, como quisieron tantos desde que esta carne, esta maldita y viciada carne nos condena a soñar con un cambio que no verán nuestros ojos. Y que seguiremos soñando.
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