Murió Manolo Tena, y al leerlo sentí unas ganas hondas de
llorar, como si en efecto el que se hubiera ido es un amigo, alguien cercano.
Llevo semanas enganchado de nuevo a su música gracias a “A
mi manera”, el fabuloso programa de la Sexta que nos devolvió a un Tena más
cansado, pero aún inmenso sobre un escenario. Ni la enfermedad, ni las drogas ni todo lo
vivido consiguieron cambiar esto: Manolo
Tena se ponía a cantar y la música trascendía como sólo lo hacen los
grandes, apenas sin moverse, con ese acompasado gesto de su brazo acompañando el
ritmo y esa voz que mejoraba cualquier melodía.
El programa nos mostró a un
Manolo Tena de vuelta de todo, pero aún con ganas de pelear y seguir viviendo
por la música, que en definitiva fue su mejor aliado en las buenas y las malas etapas.
Hablaba en el programa de sus errores con una claridad abrumadora, sin
excusas ni rencores ni palabras de desprecio para nadie. Y como mejor hablaba
era con sus canciones, en las que se delataban una tristeza y un desamparo que le trascendían.
Verlo cantando “Llévame hasta el mar” en “A mi manera” me sacudió
como pocas cosas, quizás porque más que una canción es el grito callado de todos los que alguna vez
buscamos el consuelo, la vuelta a una seguridad que sólo sentimos al principio,
cuando el mundo todavía era un lugar acogedor, y el miedo y el desaliento aún no lo habían pervertido.
“Llévame a través de tierra y viento, llévame; búrlate del guardián del invierno, desátame,
sálvame de la asesina rutina, desnúdame; en la orilla del mar es más fácil soñar,
mirando a las estrellas es más fácil soñar”.
Así cantaba Tena y así lo recordaré: el tipo que asumió su
debilidad y nos la cantó, con una belleza y una emoción que posiblemente nadie
transmitiera igual.
Descanse en paz.
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