jueves, 29 de septiembre de 2016

Un día cualquiera


Te levantas, suspiras y empieza un nuevo día de infortunios y rutina. Lejos quedaron los tiempos del holgazaneo en la cama, la mirada en el techo y la absoluta ausencia de prisa. Hubo una época en que desayunaste con desgana y delante de la tele, llegándote ya el ruido de la calle y la claridad de la mañana, dudando entre ir a hacer deporte o seguir tirado delante de la caja tonta. Qué tiempos aquellos en que la mayor preocupación de la mañana era decidir si correr por la playa o ver la tele, o quizás coger la guitarra y componer una canción. Qué felicidad aquella, y qué lástima no haberla valorado lo suficiente. La vida, verdad?

Ahora te levantas y desde el primer segundo en el que pisas suelo empieza el histérico desenfreno de cada mañana: asearte, despertar a tus hijas, prepararlas, recoger absurdamente la casa, darles el desayuno, prepararte algo tú, llevarlas al cole. Es un rato histérico, pero lindo porque estás con ellas.

Luego viene el trabajo, ya saben, hay que producir para poder seguir manteniendo esta glamourosa vida: el teléfono, las reuniones, las prisas, la logística, los clientes, el purgatorio de todos los días. Debes sentirte afortunado porque sabes que hay muchos que no tienen tu suerte, porque la tienes, eres el esclavo de un sistema productivo que no mira por tu salud mental y psíquica, pero tienes una casa en la que guarecerte y un plato de comida que llevarte a la boca, algún capricho de cuando en cuando y la suerte de vivir en democracia, aunque esté podrida y los que eliges para mejorar tu vida te roben, expolien y quiten hasta el derecho a la pataleta. Pero tienes techo y comida.

Hay un rato de tregua después de la comida, corto como un amor de verano, casi empiezas a disfrutarlo cuando el reloj te ordena volver a activarte, vestirte de prisa y salir de casa con la ensalada aún por digerir, subirte en el coche y volver a pintarte la sonrisa (o no) y recuperar tu afortunado puesto en el mundo, otra vez la misma ristra de infortunios de la mañana, los mismos rostros sentados en la mesa de enfrente, envejeciendo como tú, enfermando como tú, sobreviviendo como tú.

Al morir la tarde, y ya con las fuerzas y las ganas justas, clausuras tu afortunado día laboral para volver a casa, donde te esperan los tuyos, también cansados y desgastados por el tiempo y las obligaciones. Al menos te queda el incomparable placer de abrir la puerta y oler a tu hogar: tus cosas, tu guarida ante el mundo, los pasos de tus pequeñas jugando a esconderse al escucharte.

Sigues trabajando -ahora en pijama- pero al menos ahora lo haces con la compañía de los tuyos. A la noche, ya vencido y desgastado por las horas, sientas tu culo en el sofá sin más voluntad que olvidarte de tu piel en cualquier película, serie o programa banal de televisión. Qué lindo olvidar quien eres para poder seguir siéndolo.

Acabó un afortunado día más sobre la tierra. Mañana te espera otro igual, y pasado lo mismo. Estás aquí, aunque pases por la vida de puntillas y apenas reconozcas en el espejo al pibe que fuiste, y te preguntes dónde quedaron aquellos sueños, las ganas de cambiar las cosas, pero te vence el cansancio y te metes en la cama a dormir y olvidar un día cualquiera.





3 comentarios:

  1. Gratificante y turbador a partes iguales.
    La vida no para y nos lleva a donde quiere, como si pudiéramos elegir...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Exacto, esa es la sensación. Mil gracias por tu comentario, los inauguras, lo cual para mí no es poco. Un abrazo.

      Eliminar