jueves, 27 de julio de 2017
Como arena
Coloco las manos sobre el teclado sin saber muy bien qué va a salir de este deliberado momento de confesión. Hoy no es uno de esos días en los que me siento a escribir sobre algo en concreto, casi dominado por el ansia de escupir lo que se me pasa por la cabeza, en esta ocasión es la tristeza la que me trajo a este blog a contar no sé qué sobre ella y sus circunstancias.
Disculparán la ambiguedad que acompañará a este texto: no vine aquí a exhibir mis miserias ni a detallar un variado inventario de quejas. La vida me trata medianamente bien en cuanto me acompaña la salud, la mía y la de los míos. Esta mañana vi salir el sol, y salvo sorpresa esta noche lo veré ponerse; hay comida en mi nevera y vino para regarla, tengo todo lo que echarían en falta millones de personas y aún así me siento dolorosa, profundamente triste.
El tiempo propicia erróneas convicciones que la vida termina por tumbar: nada permanece ni encaja permanentemente, el paso de los días altera la piel de una forma apenas perceptible, igual que un puñado de arena cae delicadamente entre los dedos.
Uno mira atrás y se pregunta en qué momento empezaron a cambiar las cosas, y entre las brumas de la interpretación concluye que el punto de inflexión estuvo aquí o allá: nunca lo sabremos.
Podemos convencernos profundamente de algo relativo a nuestra vida, podemos sentir la intensidad del rayo en la mirada del otro, el latido inconfudible delatando la pasión, el amor eterno y toda la literatura que el alma humana pueda llegar a sentir, pero lo cierto es que la más arraigada de las costumbres puede deshacerse entre los dedos, como arena.
A mis espaldas queda todo lo vivido, siempre con más luces que sombras, de lo que venga en adelante apenas puedo sospechar nada.
Sé que en breve tendré que levantar la mirada y avanzar, quizás ya lo esté haciendo y una vez más el cambio esté operando su sutil transformación, instalando nuevas costumbres que se acomodarán en menos tiempo del previsto, pero aún me resisto a que ocurra.
Lo decía Pedro Salinas en unos desgarrados versos que recuerdo estos días permanentemente
"No quiero que te vayas
dolor, última forma
de amar"
porque cuando se vaya llegarán nuevos tiempos, en los que lo que significó tanto se habrá transformado en otra cosa.
Así que reviso todo lo vivido y agradezco cada rato compartido, cada anécdota inolvidable sabiéndolas parte de mí para siempre, más allá de lo que la desmemoria pueda llegar a desgastar.
Y que la vida, el azar y mis propias decisiones traigan lo que aún no vino pero vendrá, de la misma forma que ocurrió lo ocurrido: como arena escurriéndose entre los dedos.
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Es complicado vivir, querido amigo.
ResponderEliminarLas zancadillas de la vida nos hacen caer en situaciones en las que nunca hubiésemos imaginado vernos.
Lo único que nos queda es CONTINUAR.
La vida es breve, así que guardemos los buenos recuerdos e intentemos esquivar los no tan buenos.
Absolutamente de acuerdo en todo lo que dices. Toca continuar
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