martes, 13 de junio de 2017

Todo lo vivido


Con los años uno entiende que esto de vivir consiste en ir ganando dudas y perdiendo certezas, en una paulatina degradación de la confianza que nos acaba convirtiendo en el escéptico nato que escribe estas líneas. Me perdonarán por cometer la estupidez de generalizar este personal proceso, pero no hay mejor manera de demostrar mi teoría que convenciéndome de que lo que digo es real. Ven? Seguramente en breve cambiaré de opinión, o le encontraré fisuras a este planteamiento que ahora defiendo con uñas y dientes. Esta es la principal diferencial entre el tipo que soy y el que fui: ahora admito la variabilidad que antes no aceptaba.

Lo cierto es que algo conecta al cantautor de veintitantos que fui con este cuarentón escéptico que ahora les escribe: el tiempo no me cambió tanto como para no admitir que todo lo vivido tuvo su sentido, el tierno radicalismo de manual de la juventud y el justificado relativismo que exhibo a los 41, heredero de aquellos días que ya no volverán.

Miro hacia atrás, a veces leo mis textos de entonces o escucho mis viejas canciones, para entender que toda mi historia está conectada desde el principio: desde los primeros pasos en la vieja casa de Pérez Muñoz y la voz cálida de mis abuelos a los veranos en la playa, o aquellas noches con mi amigo Alejandro en la azotea de su casa, mirando a las estrellas y soñando con el futuro, que seguro nunca fue como planeamos en aquellas largas, resplandecientes noches de la juventud; miro al primer amor que llegó y lo volteó todo, mi percepción del mundo y mi cuerpo, el dolor de la ruptura, el primer contacto con la muerte. Todo me trajo hasta aquí, hasta este calmado Martes de Junio en el que escribo estas palabras y echo la vista atrás para entenderme, aunque ahora el mundo ya no sea el sol inmenso de aquellos días, sino un carrusel obstinado, imprevisible y variable al que me sigo agarrando, en el que espero seguir subido mucho tiempo.











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