jueves, 26 de febrero de 2015

De Revoluciones y otras comodidades


Las Revoluciones ya no son lo que fueron.
Antes el hombre golpeaba primero y luego escribía sobre ello, ahora aposentamos nuestro honorable culo en el sofá dispuestos a salvar el mundo, cerveza en mano y con la tele encendida, tuiteando sobre el cambio y la degradación. Qué fácil es denunciar y pedir un nuevo orden social desde tu cuenta de Twitter, sabiendo que a la mañana siguiente vas a repetir los mismos actos anodinos de cada día, que lo que moverá tus pasos sobre el alambre será la supervivencia y no la transformación, pero ahí sigues, lavando tu conciencia con aires de revolución, ideológica y quijotesca.

El que escribe estas líneas se retrata como el tipo de arriba, que nadie se sienta ofendido. Es más fácil vomitar estas afrentas desde la segunda persona del singular que desde la soledad de la primera, aunque al final aquí me tienen (primera persona) admitiendo que mi corazón rojo y mi roja ideología no pasarán nunca del sentimiento y la convicción, porque no soy un valiente ni un revolucionario, sino alguien que tiene una manera de mirar al mundo. Sólo eso.

Los poetas sociales creyeron que podían cambiar el mundo, y dedicaron maravillosos versos repletos de compromiso

Creo en el hombre.
He visto espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos
(españas a caballo 
del dolor y del hambre). Y he creído.

Creía Blas de Otero, como creyeron tantos que quisieron ver luz más allá de las sombras, como lo quiero hacer yo cuando le doy la vuelta al orden de las cosas desde mis teorías y ensoñaciones, como quisieron tantos desde que esta carne, esta maldita y viciada carne nos condena a soñar con un cambio que no verán nuestros ojos. Y que seguiremos soñando.


viernes, 20 de febrero de 2015

Las dos Copas del Rey


Tenía 14 años y una capacidad de impresionarme adolescente. En aquel tiempo todo era más grande y luminoso, y el mundo un territorio inexplorado, lleno de posibilidades.
Por todo esto, el fin de semana que me enamoré del baloncesto lo hice también de una chica rubia de la que no recuerdo más que su existencia. Se celebraba en la ciudad la Copa del Rey de Baloncesto, en un CID repleto de gente y expectativas. En aquel entonces el Granca era un equipo modesto, sin tanto impacto mediático ni políticos robaplanos, por lo que tener aquellos equipazos en la ciudad era una oportunidad única. 

Pero volvamos al pibe adolescente, que en aquellas 72 horas de baloncesto vivía un cocktail de emociones difícilmente olvidables. En mi cabeza aún resuena los cánticos de la grada, las canastas imposibles de Mark Davis y la sonrisa de aquella chiquilla de la que no recuerdo ni su nombre.
De aquellos días no retengo más que sombras, el recuerdo borroso del que fui cuando todo estaba por hacer, y sin embargo permanecen en mi recuerdo con una intensidad asombrosa.

Este fin de semana se celebra en la misma ciudad el mismo torneo, con equipos distintos  y en distinto escenario. Las mismas cosas con el paso del tiempo nunca son iguales.
Yo mismo, que en esta ocasión seguiré el torneo desde casa, ya enfilo los cuarenta con preocupante cercanía. De aquel chiquillo impresionable apenas quedan restos (un pijama de IronMan y otras cuantas cosas que no confesaré)  pero me resulta imposible no vivir la Copa en este momento de mi vida con la nostalgia de aquella otra que ya no volverá.
Así que la disfrutaré desde el sofá y entre los juegos enredados de mis hijas, asociando estas canastas de Rudy o Tavares con aquellas otras que resuenan en mi cabeza, y este fastuoso Gran Canaria Arena con aquel humilde CID en el que aquel niño se hizo un poco más hombre.