jueves, 25 de septiembre de 2014

Sobre la página en blanco


Me asomo a la página en blanco de este blog sin demasiada convicción, con más dudas que certezas. Hubo un tiempo en el que este blanco reluciente fue el mejor confesor de mis demonios, un lienzo limpio que invitaba a soltar lastre. En aquel entonces las canciones me nacían como hijos, sin pensarlas o buscarlas, como una extensión de mí mismo que brotaba con total normalidad.
Fueron años de descubrimiento y comunicación, aquellos garitos a media luz de Las Palmas acogieron mis verdades (o mis medias mentiras) en forma de canción. El mundo era un lugar más ventilado en cuanto era capaz de verbalizar mis fantasmas. Pero un buen día -ya lo avisaba la siniestra corneja- aquella terapia disfrazada de canción se fue al carajo de la misma forma que llegó. Recuerdo tener la hoja delante de mí y la guitarra en mi regazo, como tantas otras veces, pero también recuerdo la zozobra y el desconcierto de que no pasara nada. Algo acabó aquel día.

La vida funciona un poco así. Hay fronteras invisibles que crucé sin percatarme, costumbres arraigadas que un día murieron y se sustituyeron por otras; aquella persona que amaste se marchó, como el amigo de la infancia o el libro que terminaste entre lágrimas, como la universidad y su alegría eterna, y como todo lo que algún día pensaste que sería irremplazable, pero no lo fue. Las cosas acaban para que empiecen otras, es la única terapia posible y el modo de evitar la locura.

Hoy nace este blog como aquel día las canciones, sin garantía de continuidad ni más sentido que la necesidad de romper este blanco perfecto. Y tú, posible lector de estos desvelos, sé bienvenido a esta casa mientras dure, descálzate y ponte cómodo.

Y mañana ya veremos.








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