martes, 10 de abril de 2018
Puertas entreabiertas
Uno se agarra a la costumbre con uñas y dientes, confiando en que sus poderosas espaldas basten para encajar el nuevo mundo, la nueva situación o perspectiva, como si el simple paso de los segundos garantizara mirar el mundo con ojos nuevos y desenlazara los invisibles hilos que atrapan en lo vivido. Cuento el paso de días y semanas queriendo observar los cambios, las sutiles y minúsculas modificaciones que se van operando con la simple inercia del tiempo: miro mis manos, aún acostumbradas a una piel que ya no está, miro mis ojos delatores queriendo apreciarles un nuevo brillo, queriendo enfocar aquello que aún no pueden mirar.
A veces hago inventario de recuerdos, disecciono alegrías y sombras con la mirada del que ya no podrá regresar, abriendo con bisturí aquella tarde de primavera limpia, la promesa que nunca cumplí o la que sí, el fallo, el acierto o la victoria, tantas tardes calladas que no avisaron de este día de balance, de esta revisión postergada y obsesiva de lo vivido.
Pero no basta con el tiempo. Los días no cerrarán esa puerta entreabierta por la que se cuelan los fantasmas, no orientarán mi cabeza adelante ni corregirán la nostalgia. Las puertas entreabiertas no se cierran solas, no hay calendario ni costumbre que pueda sellar definitivamente lo vivido.
Recuerdo aquella secuencia de "Cinema paradiso" en la que Alfredo, ya ciego y cansado de todo, exhorta al joven Totó a marcharse para siempre, a no volver nunca la vista atrás.
Es tiempo de hacer caso al viejo Alfredo, cerrar de un portazo toda puerta que conduzca a la nostalgia y caminar, aunque no sepa a dónde me dirigen mis pasos ni qué deparará el camino.
Después de todo, en esto consiste vivir.
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Joder. Absolutamente impresionada. Qué pena que hayas dejado de escribir...
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