viernes, 30 de enero de 2015

Historias de taxi


El taxi para en un semáforo, es noche cerrada y no hay nadie por las calles, lo habitual en Santa Cruz. Miro por el cristal y sólo veo oscuridad. Estoy lejos de casa y de los míos, lo único que quiero es dormir un poco y acabar este día agitado.

Me centro en twitter y sus guerras permanentes, hasta que la taxista se vuelve hacia mí y me anestesia con su pregunta, absolutamente inesperada:

"¿ Perdone que le pregunte, ha perdido a alguien recientemente?"

La pregunta, extraña y oscura como la noche, me saca al momento de Twitter y me instala en el desconcierto. Tardo en responder, intentando entender qué tipo de conversación intenta entablar la mujer de ojos tristes.

"Pues afortunadamente no, por qué lo dice?"

Al hablarle todo me parece aún más extraño -la noche callada y sin luna de afuera, la charla asombrosa y dudosa de adentro- pero sigo adelante queriendo saber qué suerte de rareza es esta.

"No se extrañe, es que la noche está negra, y cuando se puso rojo el semáforo y paré de repente cruzó un hombre, no lo vio? No había nadie, y me asustó verlo cruzar de repente, un hombre de pelo blanco".

Cada vez entiendo menos qué carajo tiene que ver un hombre que cruza con la pregunta de la pérdida, así que le cuento que no vi nada, estaba mirando al teléfono "y ya sabe usted lo que distraen estos bichos".

Entonces la mujer me habla -retomada la marcha en esa noche imposible- y todo adquiere sentido

"Perdí a mi marido hace tres meses, sabe?  Todavía siento como si estuviera, me pasan cosas como esta. Hay días que me parece verlo en todos lados, como antes. Qué raro es dejar de tener al que tuviste siempre al lado, de repente".

Los dos callamos un momento, yo entendiendo que ella sólo quería contar su dolor  y ella queriendo explicar su soledad, la del que sabe que no volverá a estar con el que fue su compañero.

El trayecto terminó, bajé del taxi y le deseé lo mejor -una soledad lo menos dolorosa posible y la confianza en que el tiempo calme lo que ahora es desconcierto- y bajé la calle pensando en esta broma cósmica de la vida, en cómo atravieso los días aferrado a cosas y personas que pasarán, como yo, en este latido que sigue a otro y me regala un instante más en la tierra, y en como algún día simplemente no estaré, y nada pasará ni cambiará, el sol seguirá alumbrando y la luna ocultando, la primavera vendrá tras el invierno y el rumor incesante de los días llegará hasta el final, hasta el último de los días que estos ojos míos no verán.

Sin más.









jueves, 8 de enero de 2015

Carla e Irene



Carla se levanta del suelo, mira sus manos y sonríe como si el prodigio de encontrarlas fuera algo excepcional. A continuación me mira y avanza hacia mí con ese andar tan lindo, afianzándose a cada paso y brillando más a cada cual, dibujando la sonrisa más bonita que vi nunca.
Cuando llega a donde estoy el mundo se ha vuelto una cosa muy chiquitita, no entran ruidos por la ventana, no molesta la tele ni hay otra cosa que ella y su abrazo.
Qué grande es el mundo, y qué maravillosamente pequeña y efímera la felicidad.

Irene juega sola con sus muñecas, hasta que una música la invita a levantarse y bailar con todo su entusiasmo, y esos dos mares preciosos que tiene por ojos brillan más que el verano.
Ella no se prodiga tanto en el afecto con su padre, pero precisamente por eso cada vez que lo hace estalla un pequeño bing bang dentro de mí.

Las esperé mucho tiempo, las convertí en canción antes que en carne, soñé con ellas en infinitas noches de esperanza y desvelo. Ahora están aquí, contradiciendo aquello de que los sueños siempre brillan más en la imaginación que en la realidad, y yo soy inmensamente feliz de tenerlas a mi lado.