lunes, 8 de enero de 2018
Al final del camino
La experiencia me dice que pasará, como pasa todo y todo queda atrás, pero ocurre que el presente tiene la capacidad de imponer su dominio, diluyendo el recuerdo de otros tiempos en los que el dolor también se hizo fuerte. No hay balanza ni mesura en la pena, ni tampoco histórico ni equilibrio ni consciencia, sólo esta poblada tristeza que me habita.
Los días se suceden idénticos, grises y apagados. Miro por la ventana el gris del invierno, que devuelve el reflejo de mi casa, mis manos y mi mente. Recurro a la actividad como método, procuro olvidar haciendo cosas, una tras otra y otra tras una, en un ejercicio imposible de olvido que sin embargo agota las horas y los días en esta escalada del tiempo hacia ningún lado. Lo peor es el inevitable momento de la pausa -la casa callada y el cansancio haciendo mella- ya sin nada que hacer o recoger o preparar, sentado delante de la caja tonta buscando una evasión que llevarme a la boca, el olvido como estrategia para matar el día, otro más.
Al final del camino hay un puente esperando, otro tiempo distinto. Duele saberlo, asumir que como cantaba Varela "los días no volverán aunque echemos a correr", e inevitablemente tenga que levantar la mirada hacia lo que vendrá y vivirlo y avanzar y definitivamente cerrar la puerta a lo que fue y ya nunca más será.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)