martes, 24 de enero de 2017
La auténtica certeza
-No es verdad.
-Que sí.
-Que no, estás equivocado.
-Que te digo que sí, aunque no lo sepas ver.
-Que te digo que no, carajo.
Les suena esta charla? No me nieguen que no han sido alguna vez partícipes de esta infantil reinvidicación del yo, en sesudas y trascendentales charlas sobre fútbol, política o religión. Lo peor de estas discusiones es que avanzamos en ellas buscando la rendición del otro, como si efectivamente al final del camino nos aguardara la verdad, de la que por supuesto solo nosotros somos señores y guardianes.
Siendo la vida una experiencia fundamentalmente subjetiva, la capacidad empática de la que ahora hablamos tanto, parece sobrevalorada: vivir es percibir el mundo, una experiencia sensorial que empieza en la piel y acaba en el acto, atravesada por el filtro de las circunstancias. Así pues, cada segundo que pisamos la tierra vivimos condicionados por nuestra propia sombra; la mirada que proyectamos, la interpretación que hacemos de las cosas es variable, circunstancial, imprevisible: amamos para dejar de hacerlo al tiempo, creemos entregadamente en ideales que acabamos vaciando, abrazamos la zozobra, el cambio, la incertidumbre, como buenos hijos de la duda que somos.
En este contexto, comprender al otro es una aspiración demasiado grande. La vida se nos pasa intentando encontrar respuestas, mirándonos al espejo con la confusa intención de entendernos: quién soy yo, este tipo que me mira imperturbable, ahora ya con canas y expresión ajada? Qué querrá este extraño que me acompaña desde niño, qué habría querido hacer de no haber tomado este camino? Y si nos pasamos la vida intentando encontrarnos, cómo relacionarlos con el que tenemos al lado, también inmerso en su propia cruzada?
Las conversaciones suelen ser monólogos disfrazados, pura farsa; las palabras de los otros no son más que polvo en el viento: apenas interesa el ritmo, la frase que muere y nos concede nuevamente la palabra, cuando no la arrebatamos como vulgares ladrones.
Es por esto que la magia sobreviene generalmente de forma no verbal: la mayoría de las certezas que tuvimos en la vida fueron emocionales, producto del roce de una piel o una mirada, nunca de un argumento o un brillante soliloquio.
Cuentan que Orson Welles rememoró hasta el final de sus días un cruce de miradas con una mujer, él subiendo la escala de un buque, ella bajando. Apenas unos segundos de contacto visual bastaron para recordarla siempre. Y quién podría discutir esa certeza, valorarla?
La vida es un desierto, como la identidad. No hay mayor certeza que la que nos invade en esos pocos momentos en que no necesitamos las palabras para sentirnos entendidos.
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