martes, 22 de noviembre de 2016

A veces pasan cosas


A veces pasan cosas -me digo a menudo-, intentando restarle importancia a la teoría de lo inevitable, esa romántica invención tan arraigada en la conciencia colectiva.
Lo digo y lo pienso al analizar lo inesperado, esos giros de guión que la vida dosifica y coloca en mitad del camino, a la vuelta de cualquier esquina. Si existe Dios, debe llamarse Alfred Hitchcock.

De pibe me gustaba creer en el destino, ese cuento infantil que nos hizo creer que todo está escrito en las estrellas y cada paso nos conduce a lo inevitable, dirigidos por hilos invisibles. Era lindo pensar que todo lo bueno por venir estaba asignado, decidido, como si la vida fuera solo un pretexto. Qué linda ingenuidad la adolescencia.

Con los años uno entiende que no hay hilos invisibles, más aún, que si los hubiera simplemente ejercerían de tiranos: el único hilo conductor es la rueda imparable del azar y el caos, que no saben de finales felices.

El mundo se mueve pesadamente. Día tras día se suceden millones de pequeños acontecimientos, que generan efectos y otras infinitas cadenas de sucesos; la mayoría de los días son afortunadamente olvidables, una rutinaria sucesión de lugares comunes que acaban felizmente, con el estómago lleno y el sueño reparador. Luego están los que nos marcan, para bien o para mal: una noche inolvidable entre amigos, la enfermedad, el nacimiento de un hijo, la muerte de un padre, el amor, el desamor.

La vida no entiende de ética o amor, enfermedad o lujuria, eso es cosa nuestra.  La vida sólo provoca movimiento, y el movimiento genera cambio. No hay más.

A veces pasan cosas, decimos, y lo hacemos con razón. Algunos días el sol luce diferente, o quizás no lo hace y nada presagia que nuestro mundo vaya a cambiar, quizás por un dolor repetino en tu brazo izquierdo, o porque a la vuelta de cualquier esquina te tropezaste con ella y ya nunca nada volvió a ser igual.

Creemos saber cómo va todo, nos sentimos ufanos de conocernos y adelantarnos a nuestras posibles reacciones; juramos que no haremos nunca esto o lo otro, yo me conozco, me entiendo, pongo la mano en el fuego por mí. La rutina nos susurró al oído una falsa ilusión, la de que la continuidad temporal de determinadas costumbres convirtió nuestra vida en segura, pero es mentira, otra más de las que nos decimos para poder dormir por las noches.

Todo puede cambiar, acabar o nacer en cualquier momento: el latido que nos da la vida, el trabajo, el amor o cualquier otro vínculo que creímos indestructible; la paz, la cordura y la locura, el temblor por otro cuerpo, el hambre y las ganas de amar, el dolor, la miseria.

A veces pasan cosas, me dijeron una vez. Tardé en entenderlo, pero ahora sé que sí. Sin más.