miércoles, 5 de octubre de 2016

Los verdaderos zombies


Los zombies están de moda. Películas y series de distintas facturas nos han metido por los ojos los horrores de un mundo postapocalíptico, en el que cualquier excusa -un virus, los móviles y otras desgracias- sirve para mostrarnos cómo somos en una situación límite. No sé ustedes, yo sigo las dos series de la franquicia #TheWalkingdead y otras muchas películas zombies con fascinación. Vísceras y masacres aparte, el interés radica en observarles y preguntarte cómo carajo habrías reaccionado de estar en la misma situación, aunque pensándolo mejor -si son hipocondríacos de manual como yo- mejor no darle demasiadas vueltas, no vaya terminar el ocio convirtiéndose en estrés. En más estrés.

Ayer, caminando por la calle, pensé en que esta moda de series y películas no plantean tanto un futuro apocalíptico como un presente simbólico. Piénsenlo, hagan el mismo ejercicio que yo y dediquen un tiempo a observar a la gente cuando estén por la calle: verán una sucesión de rostros huraños, desencajados, apremiados por el reloj y los compromisos, enfadados, infelices. Más aún, obsérvense en el espejo ahora que pierden el tiempo leyéndome, aparten los ojos del texto y reparen en ustedes mismos. Qué rostro les devuelve el espejo? Sonríen, o están tan desgastados como yo?

Quizás no vayamos mordiendo al vecino de forma literal, pero sí que lo hacemos de una forma menos explícita. Amigos, compañeros, parejas, incluso hijos son testigos de este humano desquiciamiento, esa plaga real que cada uno de nosotros sufre, en mayor o menor medida.

Esta es la verdadera medida de nuestros días: la cercanía y el diálogo murieron asesinados, hablamos con el otro haciendo otras cosas, prestando atención a otras cosas, pensando en otras cosas; somos zombies que no comen carne humana (aún), pero en todo lo demás no diferimos tanto de los caminantes, perdidos, absurdos, torpes y ya prácticamente desligados de todo aquello que un día nos hizo humanos.