A menudo vuelvo mentalmente a aquellas tardes en casa de mis abuelos, yo en el suelo jugando con mis Playmobil y él sentado en su sillón, -siempre el mismo sillón- devorando una novela de Vázquez Figueroa o Pearl S. Buck mientras la tarde avanzaba tranquila y el reloj del salón se empeñaba en recordarnos que el tiempo pasaba.
Recuerdo estar centrado en mis juegos y escucharle reír repentinamente, perdido vete tú a saber en qué aventura o desventura. ¿Qué carajo tenían aquellos libros que tanto hacían disfrutar a mi abuelo? Arranqué a leer por imitarle -a él y a mi madre, otra lectora voraz- para descubrir bien pronto que la fascinación de mi abuelo Jacinto era más que justificada; podía viajar sin salir de casa, vivir otras vidas desde la misma y limitada piel que aún me envuelve, visitar tiempos pasados o futuros sin viajar en el tiempo.
Años después -superados los Playmobil- de tanto leer acabé escribiendo. Lo primero que nació fue una historia imposible de héroes y dragones, que terminó ganando un premio de cuyo nombre no quiero acordarme. De lo que sí me acuerdo es de la entrega de premios en la Casa Museo Pérez Galdós, y la felicidad del viejo al ver que su nieto le dedicaba a él aquella distinción. Cómo no, si todo lo que me transmitió lo hizo con pasión, da igual que habláramos de libros, pesca o viajes, que estuviéramos en casa o dando aquellos largos paseos por el Muelle, siempre fue el abrazo fiel e incondicional. Y así permanece.
Más tarde vinieron los años de la carrera, la Filología y la música, y tantas aventuras y desventuras en las que el viejo siempre estuvo ahí.
Ahora que hace años que no está, sigue conmigo; lo veo en los ojos de mi hija Irene, que heredó el azul de su bisabuelo, lo veo en mi madre y mis tíos, y aún lo reconozco en mí en las raras tardes en que agarro un libro y disfruto entre sus páginas, como él, y quizás suelto alguna risotada que evoca aquellas tardes eternas que ya nunca volverán.